Opinión
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Subdirector Editorial - Sergio Guillén Fernández
Director General - Eduardo Sánchez Mací­as
Lunes 19 de Febrero, 2018

Panoramas de Reflexión

Luis Humberto

 

 

Los cortesanos y el rey.

 

            “Cuenta una antigua leyenda que un rey de un lejano lugar, dispuso que en el día anterior al aniversario de su coronación haría un obsequio a tres de sus más cercanos colaboradores, y a cada uno le regaló un costal de harina de trigo, que en esas tierras era muy costosa, pero con la obligación de dar a cada pobre que encontraran en la portería del palacio, una vasija llena de harina. Y el rey les mostró tres medidas de vasijas: Un posillo de tomar vino tinto, Un plato de tomar sopa y un platón grande. Les dijo que podían repartir con cualquiera de esas tres medidas.

 

            El primero de los cortesanos, que era bien tacaño empleo el posillo de tomar vino tinto, y a cada pobre le regaló un pocilladito de harina y él se quedó con casi todo el costalado. El segundo caballero, que era algo más generoso, empleo el plato de tomar sopa y a cada limosnero le regaló un platado de harina y él se quedó con medio costalado. Por último, el tercero de los nobles que era muy generoso, empleó el platón grande y a cada pobre le regaló un platonado de harina y él se quedó sin nada. Al día siguiente llamó el rey a los tres distinguidos cortesanos y les dijo: – En este día aniversario de mi coronación, les voy a dar a cada uno un regalo. Preséntenme la vasija con la cual repartieron harina ayer a los pobres. El primero de ellos presentó el pocillo, y el rey lo llenó de monedas de oro: unas doce monedas. El segundo le presentó el plato, y el rey lo llenó también de monedas de oro: ciento veinte monedas. El último de los patricios presentó el platón y lo llenó el rey hasta el borde de monedas de oro. Mil doscientas monedas. Y mientras el tercero de los empleados bailaba de alegría por esa medida tan generosa con la cual había repartido y había recibido, el primero suspiraba de tristeza por no haber usado una medida más generosa para dar a los demás y que así hubieran usado también una medida más grande para más darle a él. Y el rey les dijo: –Con la medida con la que ustedes repartieron a los pobres, con esa misma medida les doy yo a ustedes. Y no olviden que eso será lo que va a hacer Dios con nosotros. Darnos a cada uno, según la medida con la que hayamos dado a los necesitados”.

 

            Esta vieja leyenda anónima nos enseña que debemos ser siempre generosos y humildes con las personas que más nos necesitan y con todos los demás. Nosotros ya sabemos donde están esas personas, todo es cuestión de salir a buscarlas y brindarles nuestro apoyo; tenderles la mano pero sin aspavientos, sin gala de evidencia y notoriedad, sin publicarlo en ninguna parte, sino en silencio y con discreción, y ya verán lo hermoso que nos sentiremos con nosotros mismos, con nuestro espíritu, anteponiendo el decoro a la utilidad y el interés, que son las banalidades que siempre invaden nuestra conciencia en el trato con los demás. Ser generosos nos resta nada o muy poco, si lo comparamos con lo que recibimos a diario por nuestro esfuerzo y gracia de Dios. Aunque ser generoso no debe practicarse jamás con la esperanza de recibir más, sino por el simple placer de servir a nuestros semejantes que es nuestra obligación vital. ¿No lo cree usted así amigo lector? Píenselo un poco. Que tenga un buen día.

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