Opinión
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Director General - Eduardo Sánchez Mací­as
Martes 30 de Mayo, 2017

Panoramas de Reflexión

Luís Humberto

 

 

El placer de transgredir

 

            En los tiempos del hombre de Neandertal existió una mujer a la que se le ha llamado Lucy, que dejó las selvas de África y se echó a andar por la sabana y el desierto. Se impuso trascender los límites impuestos por el medio para poder sobrevivir. Como el desierto estaba muy seco, tuvo que desarrollar el cerebro para sobrevivir. Así, poco a poco se realizó la transformación de primate a ser humano. Los demás hermanos de Lucy que se habían quedado en la selva, con abundantes medios de vida a su alcance, allí siguen hasta hoy como primates.

 

            La trascendencia es la capacidad de infringir todos los límites, de superar y violar las prohibiciones y de proyectarse siempre hacia un más allá. Una historia que se ha interpretado desde la perspectiva religiosa es la que nos cuenta el Génesis sobre Adán y Eva, con lo que se ha llamado el “pecado original”. Pero desde el punto de vista de la antropología, este relato nos descubre un acto supremo del ser humano: “No comeréis del fruto prohibido. Si lo hacéis, moriréis Y el ser humano tiene el placer de violar la prohibición, de hacer lo prohibido. Al hacerlo descubre su trascendencia, se transforma en humano. Este pasaje bíblico nos revela la esencia de la libertad. Hay muchas historias de seres obedientes, que no se atreven a transgredir las costumbres y las leyes. Estos seres nunca llegan a conocer su destino de seres humanos libres. Se quedan atrapados en esas costumbres, se quieren justificar diciendo que son buenos, porque son obedientes. Jesús de Nazaret fue hombre desobediente, rebelde. Curaba en sábado, defendía a los marginados, se acercaba a los leprosos, platicaba con las prostitutas, decía que la ley es para el hombre y no el hombre para la ley. Proclamaba la libertad en contra de los ordenamientos de los Fariseos. Los seres humanos estamos siempre proyectándonos, construyendo nuestro ser. Vamos moldeándolo mediante nuestra libertad. Somos seres nunca perfectamente acabados. Es la antropogenesis del ser humano. En esta experiencia emerge lo que somos: seres de inmanencia y de trascendencia, que no son aspectos enteramente distintos, sino dimensiones de una única realidad que somos nosotros. Empleando una metáfora, somos seres enraizados, como los árboles. Y las raíces nos limitan, porque nacemos en una de-terminada familia, hablando un determinado idioma, con una inteligencia limitada, con una afectividad determinada, con una capacidad de amar, con una cultura, incrustados en un ambiente que nos impulsa a actuar conforme a lo que los espacios de ese ambiente lo permiten. Pero somos a la vez seres de apertura. Nadie amarra nuestros pensamientos; nadie amarra nuestras emociones, que nos pueden llevar muy lejos en el universo. Nadie nos aprisiona.

 

Aún, cuando los presos sean encerrados en los calabozos, son libres, porque nacieron libres y su esencia está en la libertad. Poseemos, pues, esa dimensión de apertura, de romper barreras, de superar prohibiciones, de ir más allá de todos los limites. Somos seres trascendentes. No queremos quedarnos como los primates de África. Queremos caminar, como Lucy, aunque esto suponga incursionar en lo desconocido, atreviéndonos a transgredir. Pero también debemos ser poseedores de la suficiente inteligencia y entender las diferencias que nos impone saber respetar los límites que marcan la libertad de los de-más. ¿No lo cree usted así amigo lector? Piénselo un poco. Que tenga un buen día.

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