Opinión
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Viernes 20 de Octubre, 2017

Panoramas de Reflexión

Luis Humberto.

 

 

Doscientos pesos

 

            Seguramente usted ha visto los billetes de doscientos pesos que actualmente circulan en México desde hace algún tiempo. Quizá la imagen de una monja le sea familiar. Pues bien, se trata de Sor Juana Inés De la cruz. La palabra “Sor”, antepuesta a su nombre proviene del latín “Soror”, que significa hermano o hermana, y se usa para denotar que la persona aludida, comúnmente mujeres, pertenece a una hermandad u orden o fraternidad religiosa. Juana Inés de Asbaje y Ramírez es su nombre verdadero.

 

            Juana Inés de Asbaje y Ramírez nació en San Miguel de Nepantla, actual México, D. F., y no se sabe con precisión si fue en el año 1648 ó 1651. Es hija natural de una criolla, Isabel Ramírez y un militar español, Pedro de Asbaje. Una criolla blanca como ella tenía sólo dos alternativas viables: el matrimonio o el convento, y ella optó por la vida religiosa. Escritora mexicana. Fue la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII. Niña prodigio, aprendió a leer y escribir a los tres años, y a los ocho escribió su primera loa. Admirada por su talento y precocidad, a los catorce fue dama de honor de Leonor Carreto, esposa del Virrey Antonio Sebastián de Toledo. Apadrinada por los Marqueses de Mancera, brilló en la corte virreinal de la Nueva España por su erudición y habilidad versificadora. Pese a la fama de que gozaba, en 1667 ingresó en un convento de las Carmelitas Descalzas de México y permaneció en él cuatro meses, al cabo de los cuales lo abandonó por problemas de salud. Dos años más tarde entró en un convento de la Orden de San Jerónimo, esta vez definitivamente. Dada su escasa vocación religiosa, parece que Sor Juana Inés de la Cruz prefirió el convento al matrimonio para seguir gozando de sus aficiones intelectuales, escribió al respecto: «Vivir sola... no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros». Su celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, como Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente y admirador del poeta cordobés, cuya obra introdujo en el virreinato, y también del nuevo Virrey, Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, Condesa de Paredes, con quien le unió una profunda amistad. En su celda también llevó a cabo experimentos científicos, reunió una nutrida biblioteca, compuso obras musicales y escribió una extensa obra que abarcó diferentes géneros, desde la poesía y el teatro, en los que se aprecia la influencia de Góngora y Calderón, hasta opúsculos filosóficos y estudios musicales. Perdida gran parte de esta obra, entre los escritos en prosa que se han conservado cabe señalar la carta “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, seudónimo de Manuel Fernández de la Cruz, Obispo de Puebla. En 1690, éste había hecho publicar la Carta atenagórica, en la que Sor Juana hacía una dura crítica al «Sermón del Mandato» del jesuita portugués Antonio Vieira sobre las «Finezas de Cristo», acompañada de una «Carta de Sor Filotea de la Cruz», en la que, aun reconociendo el talento de la autora, le recomendaba que se dedicara a la vida monástica, más acorde con su condición de monja y mujer, que a la reflexión teológica, ejercicio reservado a los hombres. A pesar de la contundencia de su respuesta, en la que daba cuenta de su vida y reivindicaba el derecho de las mujeres al aprendizaje, pues el conocimiento «no sólo les es lícito, sino muy provechoso»; la crítica del Obispo la afectó profundamente, tanto, que poco después Sor Juana Inés de la Cruz vendió su biblioteca y todo cuanto poseía, destinó lo obtenido a beneficencia y se consagró por completo a la vida religiosa. Murió mientras ayudaba a sus compañeras enfermas durante la epidemia de cólera que asoló México en el año 1695. La poesía del Barroco alcanzó con ella su momento culminante, y al mismo tiempo introdujo elementos analíticos y reflexivos que anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo XVIII. Sus obras completas se publicaron en España en tres volúmenes: “Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, sor Juana Inés de la Cruz (1689)”, “Segundo volumen de las obras de sor Juana Inés de la Cruz (1692)” y “Fama y obras póstumas del Fénix de México (1700)”.

 

            La presencia de la imagen de una artista de esta talla en los billetes actuales de doscientos pesos, debería despertar la curiosidad en jóvenes, y adultos, por qué no, para conocer más acerca de la vida y obra de esta monja. Aunque su obra parece inscribirse dentro del culteranismo de inspiración gongorina y del conceptismo, tendencias características del barroco, el ingenio y originalidad de Sor Juana Inés de la Cruz la han colocado por encima de cualquier escuela o corriente particular. Ya desde la infancia demostró gran sensibilidad artística y una infatigable sed de conocimientos que, con el tiempo, la llevaron a emprender una aventura intelectual y artística a través de disciplinas tales como la teología, la filosofía, la astronomía, la pintura, las humanidades y, por supuesto, la literatura, que la convertirían en una de las personalidades más complejas y singulares de las letras hispanoamericanas. Ojalá en los jóvenes actuales se despertara una sed similar para el estudio, y los alejara de tantas barreras del conocimiento, como son los “teléfonos celulares”, y las “redes sociales”, amén de un sinfín de distracciones. Piénselo un poco e incite a sus hijos al estudio. ¿No lo cree usted así amigo lector? Piénselo un poco. Que tenga un buen día.

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